Feb 25 2008
Día 31 – De Cartagena de Indias a Bogota, Colombia

De nuevo sobre cuatro ruedas, con destino a Santa Marta, pasando por Barranquilla como el caimán. Atravesamos pueblitos de costa, parecidos entre sí, con el mar tocando en la puerta, altares de pescados enormes ofrecidos al viajante.
Noche en Santa Marta, aluvión de brisa y luna. Animados corros se forman en la playa alrededor de una serenata de acordeones: voces agudas cantando palabras de la tierra, iguales en cualquier parte, antiguas y originales. Los colombianos son alegres, bulliciosos, dicharacheros. Un agente policial motorizado, amable verdaderamente, guió nuestros pasos hacia el área de campamentos. Hasta la fecha, no encontramos todavía el ambiente tenso retratado en ocasiones por los noticieros los cuales, por lo regular, muestran sólo episodios particulares de violencia, sin prestar atención a la historia general de paz cotidiana.
Con la idea fija de conocer el parque Tayrona, nos dirigimos hacia allá por la mañana. Desgraciadamente los precios de entrada, muy altos para viajeros de pocos recursos, impidieron vivir la experiencia. Sin embargo Jorge, guía del parque amistosamente solidario, propuso mostrarnos algunos lugares circunvecinos, mientras cuenta a grandes rasgos la historia de las tribus prehispánicas de Colombia. Gracias a él dimos con la finca “Los Ángeles”, propiedad de la buena amiga Nohemí Ramos donde, luego de bañarnos en un mar alborotado, beber deliciosa agua de coco y charlar con dos españoles hospedados en una cabaña cercana, levantamos el campamento. Despertar en medio del rumor de las olas resulta maravilloso, por más que el fuerte viento no haya permitido dormir largo y profundo. Decimos adiós a Nohemí, para reanudar entonces la marcha.
Aracataca, pueblo suspendido entre realidad y literatura. La casa de Gabriel, el museo del telegrafista, novela dispersa en palabras que caminan por las calles. Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire / y los años de Gabriel trompetas, trompetas lo anuncian / encadenado a Macondo sueña, don José Arcadio / y ante él la vida pasa haciendo, remolino de recuerdos. Aquí, donde en un principio existían únicamente cien chozas, convertido ahora en pequeña ciudad de cuarenta y ocho mil habitantes, sol, polvo y alegría, se originó tal vez la biografía literaria más productiva de la historia contemporánea. Aquí comprendo también que la estirpe moderna de escritores sin musa, que no beben y sufren un poco cada día, no tendrá una segunda oportunidad sobre la tierra.
Recorremos aproximadamente novecientos kilómetros hasta llegar, junto con la noche, a Bucaramanga, ciudad de los parques. Después de cenar una deliciosa picada (carne, chicharrón, salchicha, pollo, papas), dormimos dentro del auto para partir, al despuntar el alba, rumbo a Bogotá. Conforme avanzamos la carretera se vuelva empinada y sinuosa. Sorpresivamente aparece el cañón de Chicamolla, cuya vista, el río al fondo, arriba las paredes de piedra envueltas en densa neblina, impone minutos de silencio.
Senderos montañosos, asentamientos ojos abajo. Voluntad humana que lleva progreso en tanto roba sin remedio algunas almas. Contraste de colores: valles cubiertos de verde hierba, blancas ovejas pastando sobre las alturas. Lindas cabritas escoltan ciertos trechos de la ruta. Encontramos pequeñas tiendas donde se expende esta clase de leche. Nunca he probado leche de cabra, si algún ciberlector lo ha hecho, ¿Podría decirme cuál es su sabor? Supongo que sabe bien, de otra manera Heidi y su abuelo no la beberían todos los días allá, en los alpes suizos.
Ya en Bogotá, justo cuando intentábamos buscar alojamiento, conocimos a Carlos y Johann quienes, desde su auto al principio, y más tarde todos juntos en la acera, nos dieron la bienvenida. Con su compañía paseamos por el centro de la ciudad, subimos al mirador, ubicamos los sitios característicos: el parque nacional, la torre colpatria, la plaza de toros, la casa de gobierno, la biblioteca. Gracias a sus explicaciones, aprendimos un poco de la historia de Bogotá, las costumbres y tradiciones de sus habitantes. Ciudad de luces, grande, populosa, heterogénea; de intensa vida nocturna y fuerte movimiento cultural. Vale la pena visitarla. Buenos amigos Carlos y Johann, los recordaremos con cariño.
Pronto estaremos en contacto. Adiós, y hasta donde América nos permita encontrarnos de nuevo.
