Dec 11 2007

Por América

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La vida, se dice, es un viaje pero no un camino. Este es preciso hacerlo, y tan pronto se parte como se retorna, llegamos y marchamos. Siempre comenzamos de nuevo y siempre desde lugares extraños, ajenos a nuestra realidad. Vivir es pues, viajar. Al subrayar esta forma verbal realzamos también el concepto de la acción y, con este, la libertad de la vida frente a la fría objetividad de un destino, de las leyes o de una estructura ideológica de la historia. Es este el sentido moderno, desde el renacimiento, de la vida como peregrinaje del vivir.

Tradicionalmente a los continentes siempre se les ha visto con un poco de temor. Son demasiado grandes y complejos. Un continente es un mundo dentro de nuestro mundo, una invención que supondríamos hija de la más descabellada imaginación. En la historia únicamente se registra el descubrimiento de un continente y aun este fue precedido por una milagrosa equivocación.

Como a Hernán Cortés, Francisco Pizarro y otros más, América se ofrece hoy día ante nosotros ávida de mostrar su verdadero rostro, ese que se compone de muchos rostros y un sentimiento que sospechamos común pero al cual no hemos sabido dar todavía nombre.

En este caso particular el recorrido adquiere otro matiz cuando quienes lo realizan no son geólogos o arqueólogos, se trata de gente sencilla con deseos de conocer gente extraordinaria que habita en un continente maravilloso

Los obstáculos se conocen de antemano y por lo mismo concebimos la posibilidad de esta aventura. Más allá de los limitantes geográficos y económicos, el viaje pretende ser un recorrido que concilie el espacio físico con el espacio interior, la odisea de Homero con la odisea de James Joyce, que sume kilómetros recorridos y experiencias vividas, que deje huella en el camino y en el alma de los viajeros que se atreven a desafiar a la cordura.

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